N I E V E
PATAGON
¡ Nieve, nieve, maldita nieve! Refunfuñó en su mezcla de blasfemias y lamentos el arriero y viejo pastor. Nieve, nieve en los surcos de sus manos, en su rostro y en su voz. Setenta y cinco inviernos a cuesta sobre sus hombros. Setenta y cinco latigazos de miserias y dolor, que no en vano en su territorio humano dejaran su hondo rastro tormentas y nevazón. Huella desolada, terriblemente solitaria, mas profunda que el fuego logra dejar vivas marcas en los rudos hombres de la Patagonia, curtidos por los filos hirientes del viento y las caricias eternas de la nieve y la escarcha entre los jirones azules de la desolación.
Había nacido en la estancia “Los flamencos” a 95 kilómetros al noroeste de Punta Arenas. Hijo de ovejero, José tenía adherido en la piel su destino bajo la perenne canción del austro, el signo de la suerte siempre presente en la roja médula de sus huesos. Comenzó sus tareas cuando apenas cumplía los 10 años de edad como ayudante en los diferentes oficios que suele ofrecer la rústica vida entre ovejas, borregos, corderos, capones, chiporros y carneros, entre aquellos rebaños y vellones.
Un fuerte silbido- mas bien tres una largo y dos breves- profanó la grandeza del silencio en la inmensa pradera magallánica para colocar en acción a los fieles mastines tras aquel piño, que pastaba alrededor de los calafates. – Ve usté. on José, como estos quiltros parece que los pinchara el diablo en la misma sangre con el silbío que le dió- dijóle al viejo ovejero, Felipe Santana.-Así es Feli, ni siquiera la nevá les espanta las ansias de trabajo a estos quiltros- respondió José con un profundo orgullo y satisfacción –Si no serán fieles estos animales lo igo yo iñor que los conozco toa mi vía, permanecen al lao de uno aunque llueva, truene o neve, sea invierno o verano, día o noche, aiga hambre o soleá- uno se encariña tanto con estos perros que los llega a querer como a sus propios hijos. -Nuestros mejores socios son puro instinto, nervio y precisión, no hieren a sus amos ni a la oveja que persiguen- El viejo permanecía pensativo, mientras ambos observaban de los ágiles canes las emanaciones desde sus agitadas fauces, cuyo vaho humeante y caliente era más vigoroso que las volutas de sus amos. Aliados en la vigilia y en el afán, juntos van hombres y perros en esta ley natural de hábitos corporativos, por crudos que sean los inviernos, por fuertes que sean los vientos en el estío austral. En esta aproximación de animal y hombre hay una especie de hermandad estrechada por sabios instintos, por influjos ardientes del corazón. Quizás sea porque los perros descienden a la bajeza de los hombres o los amos se eleven a las naturales virtudes de la raza canina, el hecho es que ambos arriman sangre y dolor a los pelajes de una mutua fidelidad, anchurosa como ladridos profundos. Ambos fijaban su atención en las sombras traicioneras de los caranchos, aves rapaces que arrancan los ojos de las ovejas mas desamparadas o débiles, cegando con certeros picotazos, dejando vacías y sangrantes las cuencas llenas de dolor, hasta dar muerte al mas manso de los animales de la tierra; el cordero.
Nieve, nieve, cómplice de los caranchos y su negra rapacidad.
Otro invierno se le venía encima a José, quién sentía como extraños influjos en la red misteriosa de sus venas todo el peso que las sombras de la memoria suele dominar al espíritu en el ocaso de las vidas.
Remontado en las alas del tiempo y la nostalgia rastreaba en el amparo de los sueños todos los años de su vida. Desde las grutas del olvido rescataba uno a uno los recuerdos a la luz de la realidad. Los sentía suyos, frescos como el día anterior, recordaba su tierna infancia en el galpón de la esquila, tiritando su espíritu de un espantoso frío al recordar legiones de piños humillados y desnudos, desprovistos de su natural abrigo en la más gélida región. Recuerdos de una juventud grávida en desvelos y sombras, entre temblorosas pampas de coirón. Uno y otro detalle sucedían en su mente con asombrosa rapidez. Guanacos, ñandúes, cisnes y caiquenes, había sido para José, el rico manjar de su niñez. Dichas y pesares; todos eran suyos. Diafanidad y calma en su interior, un puñado de hermosos recuerdos embargaba el alma de José. Afuera la tormenta desencadenaba sus rígidos caprichos. En el austro, donde la geografía de Chile se quiebra en silencio y soledad, el invierno reserva sus pasiones mas rigurosas con sus extensos ropajes de lluvias, vientos, nieve y escarcha.
José recordó a su padre que le aconsejó en su juventud no ir al norte- porque la explotación del hombre por el hombre, hijo, está en todas partes, está en las minas del carbón, en los campos y en las fábricas de los acaudalados-
En Magallanes los hombres en el campo se levantan a oscuras para iniciar la jornada, cuando aún la aurora no pincela los cirrus escasos de la mañana con los tintes asombrosos que van desde el amarillo tenue a las tonalidades del rosáceo intenso, anunciando al astro que entrega sus tibias caricias sobre la piel de los hombres, la suprema comunión de luz a la vida.
Que le pareció la nevá – le preguntó Felipe, -para ser la primera ha sío bastante, pero no es como antes respondió José con su vozarrón pausado, mientras se colocaba el grueso poncho sobre sus hombros y curvada espalda. Otra jornada empezaba. Otra terminaría.
Una profunda nostalgia invadía el corazón del viejo ovejero magallánico, quién salió a contemplar las estrellas...
Al quedar dormido bajo el maravilloso e inmenso panorama, soñó que dos ángeles le tomaban de ambos brazos y le conducían más allá de los astros luminosos de la oscura noche.
Al día siguiente le hallaron inmóvil bajo un calafate. Sus fieles canes lamían su rostro, en cuyos surcos limpios y serenos, veíase un par de lágrimas estáticas y luminosas, cuajadas por la escarcha. Su rostro miraba el cielo buscando la luz que faltaba a sus ojos en el resplandor desvelado de las estrellas.
Sobre los campos de nieve, oíanse a lo lejos los tristes balidos desde la majada.
© Luis Ossa Gajardo