El texto
lírico
Colleridge afirmaba que la poesía es el espontáneo desbordamiento de los sentidos; y que si hay espontaneidad es que hay, también, verdad...
Así, hay quienes sostienen que el texto poético es el más creíble de todos los textos literarios, porque es la representación fiel de una realidad, aunque sea ésta una realidad interior, subjetiva: la del poeta. Los poetas, según esto, no fingen: la ficción es patrimonio de los otros géneros literarios, pero no se da en el ámbito de la poesía.
No obstante, podemos afirmar que esto no tiene por qué ser así en todos los casos; que, desde luego, no siempre lo es... Quienes apoyan el carácter ficticio del poema se apoyan sobre todo en que el autor no se identifica con el yo del poema. El auténtico hablante se oculta, y le cede la voz al poeta... Esa figura que se interpone entre el autor y el lector -equivalente a la del narrador, en los relatos y en las novelas-, es el poeta. El poeta, una vez más, es una especie de personaje que da la cara, y que no tiene por qué identificarse con el autor del texto.
Cualquiera que sea el sujeto del texto poético -autor y poeta o sólo poeta-, éste da a conocer su visión del mundo, desde su subjetividad, y allí, dentro del poema, se produce ese encuentro único, que necesariamente se da a solas: el encuentro de su subjetividad con la del lector.
Es importante que reparemos en que el lector real del poema no tiene por qué ser el destinatario interno del mismo: el supuesto lector al que el poeta se dirige, ese tú con quien realmente pretende comunicar. El lector implícito es, por tanto, también una entidad ficticia, alguien distinto del lector real del poema.
Así, la lengua poética -la lengua literaria, en general, siempre que el texto no sea autobiográfico- desdobla y transforma en cuatro términos los dos elementos fundamentales de la comunicación. El autor y el lector reales quedan fuera del texto y, dentro de él, se sitúan, como delegados suyos, el yo del poeta y el lector ideal.
Lo más característico del texto poético es que es un decir indirecto -se dice una cosa y se pretende significar otra- basado en un lenguaje de doble nivel: por un lado, el sentido de las palabras según el código habitual de la lengua de uso; por otro lado, el sentido que el poema adquiere a la luz de los códigos artísticos, unos, ampliamente difundidos (la métrica, el empleo de la retórica, las alusiones metaliterarias...), y otros, propios de cada autor.
El poeta oculta algo, se guarda una baza -ese segundo sentido- tras la apariencia de las palabras; y el lector puede acercarse también a esa segunda línea de interpretación, pero difícilmente su idea coincidirá exactamente con la que el poeta quiso expresar.
El lector se sumerge en el mundo que el poeta ha creado, accede a un conocimiento de tipo intuitivo, renuncia a la comprensión estrictamente lógica de las cosas, y a la de las palabras... En general, podemos decir que la base primera de lengua poética es el desvío: el alejamiento de los usos habituales del lenguaje. El desvío puede afectar al orden de las palabras, a las relaciones que se establecen entre ellas, al léxico, al parentesco entre los sonidos...
La connotación es un vehículo esencial en la actividad poética: el poeta, muy a menudo, vacía las palabras de su sentido habitual y rellena ese vacío con significaciones individualizadas, propias del poeta, o propias incluso sólo de la ocasión...
El ritmo es, quizás, el valor fundamental en la organización del poema. El ritmo crea una especie de corriente interior que recorre el texto de punta a punta, que determina la disposición de los distintos elementos dentro de él, que le da cohesión y, además, le confiere atractivo.
La rima -cuando la hay- cumple varias funciones: indica el final de cada verso, representa una pausa, una detención, establece una asociación estrecha en virtud del parentesco fónico entre distintas palabras y entre versos distintos -y contribuye, así, de algún modo, a la cohesión del texto- . Permite, en ocasiones, crear significados colaterales que refuerzan el sentido global, o bien que lo enriquecen; y sirve también para retener la atención del lector y facilitar la memorización del texto -de ahí su frecuente empleo en el lenguaje publicitario-.
El verso libre
Aunque las infracciones a todo tipo de normas se han dado a lo largo de toda la historia literaria, son numerosas las innovaciones surgidas a partir del romanticismo, y éstas delatan una clara actitud de rebeldía frente a la tradición. Entre ellas, es preciso mencionar la aparición de ciertos recursos que tienden a mezclar la prosa y el verso: el poema en prosa, la prosa poética y el verso libre son las novedades más destacables en este sentido.
Los nuevos recursos apuntan a una liberación del poeta, que pasa a ser -él mismo- su único criterio; desde este punto, será la intuición la que canalice los impulsos creadores del poeta. El verso es un lugar de encuentro, donde palabra y música se funden, y que se escribe al dictado de un ritmo interior, propio de cada autor. El poema sigue constituyendo una unidad, fuertemente sustentada por los latidos del sentimiento, y sólo el ritmo basta como guía del texto. Intuición y ritmo, dos únicos parámetros fijos, y ambos de carácter subjetivo.
Sin renunciar a la naturaleza del verso, el verso libre se aproxima a la prosa, en cierto modo. En la práctica, esta intención liberadora de la que arranca se traduce en una renuncia total o parcial a las convenciones características del verso regular: la rima, el cómputo silábico, el esquema acentual... Lógicamente, no hay que renunciar siempre a todas las normas, sino sólo a las que el autor elija, en cada caso; y, desde luego, es importante conocerlas previamente para poder escoger conscientemente a cuáles conviene renunciar, cada vez...
La disposición gráfica es fundamental en el verso libre, ya que apunta a una lectura que, de otro modo, en ocasiones podríamos entender como prosaica. Y, sobre todo, para evitar el desplome del poema que podría derivarse de ese proceso de desestabilización -que su absoluta libertad le ponga en riesgo de perder su esencia poética-, la función poética acude a socorrer al verso libre favoreciendo la aparición de una serie de recurrencias -de motivos insistentes- que se dan, en lugar de en el campo fónico, en el resto de los niveles lingüísticos. Al renunciar a los recursos fónicos, el poeta suele explotar a fondo todos los recursos que la gramática pone a su disposición: anáforas, aliteraciones, paralelismos, enumeraciones, metáforas, antítesis...
El paralelismo.
La poesía reivindicará con especial ahínco el elevado número de recurrencias de todo tipo que caracteriza el discurso normal, para reconvertirlo en información semántica paralela; ésta resulta, además, especialmente útil en el discurso poético, porque la reiteración dará lugar a regularidades discursivas. Un buen ejemplo es éste: "A los árboles altos / los lleva el viento; / a los enamorados / el pensamiento"En general, se suelen distinguir (además de las simples recurrencias fónicas) tres tipos de paralelismo: el verbal, que afecta sólo a las palabras; el estructural, que se refiere a la estructura sintáctica y rítmica; y el semántico, cuando se repite un significado pero con modificación del significante.
La aliteración
Ésta es una figura retórica de vital
importancia. Aunque en la Antigüedad fue rechazada, por considerarse un
procedimiento cacofónico, hoy es uno de los recursos más apreciados por los
poetas. Los sonidos reiterados, en general (no sólo los paralelismos), situados
de diversas maneras, sirven, sobre todo, como nexos, ya que las diferentes
partes quedan unidas de manera atractiva y enérgica.
La metáfora
La metáfora designa un objeto mediante otro que tiene con el primero una relación de semejanza. Cuando decimos "manos de alabastro" queremos decir "manos blancas como el alabastro"; pero, en lugar de utilizar una comparación, lo que hacemos es establecer una relación de identidad entre los dos términos que ponemos en relación. La expresión "de alabastro" nos remite a un sentido distinto del literal: desplaza el significado habitual del término.
El símbolo
El símbolo no mantiene ninguna relación
objetiva con el objeto que designa: la relación entre el término simbólico y el
oculto -el objeto al que éste sustituye- es inconsciente, irracional. Algunos
símbolos alcanzan el carácter de universales (como el círculo, que simboliza la
perfección); otros estarán ligados a determinadas épocas o culturas (como el
olivo simboliza paz en la cultura mediterránea); otros son privativos de un
autor o de una obra (el verde, en Lorca, nos remite a la muerte).
El contraste y la antítesis
Decimos que se da una relación de contraste cuando se reúnen dos o más términos que se oponen. La antítesis -o contraste antitético- es una variante particular del contraste: aquélla en que los términos que se oponen lo hacen de manera polar. Un contraste opondría, por ejemplo, los términos «blanco» y «rojo», mientras que una antítesis contrastaría parejas de términos como «blanco»/»negro», «sueño/»vigilia», «vida»/«muerte»...Con mucha frecuencia, se contraponen términos que ofrecen algún elemento común, que de algún modo son de la misma familia... Como en éste verso de Góngora: «Ayer naciste y morirás mañana»; y como en éste, de Garcilaso: «El blanco lirio y colorada rosa».